Escrituras ilegibles

El 28 de marzo de 1971, Roland Barthes envía una carta a Mirtha Dermisache en Argentina, al quedar profundamente impresionado por su trabajo, en torno a la cuestión de la escritura. Dice Roland Barthes:

El Sr. Hugo Santiago ha tenido la gentileza de hacerme conocer su cuaderno de grafismos. Me permito decirle muy simplemente cuánto me ha impresionado, no sólo por la alta calidad plástica de sus trazados (esto no es indiferente), sino también, y sobre todo, por la extremada inteligencia de los problemas teóricos en torno a la escritura que su trabajo plantea. Usted ha sabido producir un cierto número de formas, ni figurativas ni abstractas, que podrían ubicarse bajo el nombre de escritura ilegible lo que lleva a proponer a sus lectores, no los mensajes, ni siquiera las formas contingentes de la expresión, sino la idea, la esencia misma de la escritura. Nada es más difícil que producir una esencia, es decir, una forma que sólo se revierta sobre su propio nombre; ¿acaso los artistas japoneses no han invertido toda una vida en trazar un círculo que sólo se revierta sobre la misma idea de círculo? Su trabajo está emparentado con esa exigencia. Le deseo vivamente que lo continúe y que sea publicado (Cozarinsky, p. 11).

Con esta sencilla carta de admiración, a principios de los años 70, Roland Barthes acuña el término de ‘escritura ilegible’, haciendo referencia a un conjunto de grafismos ininteligibles que van más allá del orden racional y discursivo del lenguaje, en busca del silencio. Esta exposición gira en torno a la construcción de una escritura alternativa, hecha a base de pequeños fragmentos y arquitecturas de papel, en donde se escuche una polifonía

de voces inconexas, a partir de la transformación poética de una serie de libros de contabilidad

Fotos cortesía de Galería Nordés